Asunto: El diluvio y la evidencia empírica (ANT: Re: Wilkins Argues...) Newsgroups: talk.origins Fecha: 21 de abril de 2002 Message-ID: Xns91F6E7AB539AEmdunfordhawaiirrcom@66.75.162.198
A Pagano <anthony.pagano@verizon.net> escribió en news:bri3cucgiqeu3a8v54egkllf0rfb5fsv7f@4ax.com:
[recorte]
<sigh> He perdido la cuenta de las veces que he respondido a tus afirmaciones incorrectas y engañosas con respecto al tratamiento del diluvio por parte de la geología. No recuerdo que alguna vez hubieras reconocido cualquiera de ellas. Sin embargo, lo intentaré otra vez.
> Cualquier teoría dada es realmente una parte de un marco que
> contiene cualquier número de supuestos, condiciones iniciales y
> presupuestos que no son observables y a los que no se intenta
> observar. Son las consecuencias empíricas y
> las prohibiciones de ese marco lo que es crítico.
[recorte]
> Dios puede no ser observable, pero las consecuencias empíricas de
> una inundación catastrófica global de corta duración puesta en
> movimiento por una causa sobrenatural ciertamente sí lo son.
[el resto está recortado]
Una vez, un geólogo destacado pronunció una declaración notable en un discurso público ante lo que era, en aquel momento, la principal sociedad geológica del mundo:
...Pero las teorías de grava diluvial, como todas las otras generalizaciones fervientes de una ciencia en avance, deben ser consideradas siempre solamente como hipótesis cambiantes que serán modificadas por cada nuevo hecho, hasta que al final se hagan acordes con todos los fenómenos de la naturaleza.
En retirarnos donde hemos avanzado demasiado, no hay ni compromiso de dignidad ni pérdida de fuerza; pues al hacer esto, participamos solo de la fortuna común de cualquiera que entra en un campo de investigación como el nuestro....
En relación con esta difícil cuestión, hay, creo, una gran conclusión negativa ahora establecida de manera incontrovertible: que las vastas masas de grava diluvial, dispersas casi por la superficie de la tierra, no pertenecen a un período violento y transitorio único. Fue, en realidad, una conclusión sumamente no justificada, cuando asumimos la contemporaneidad de toda la grava superficial de la tierra. Vimos las huellas más claras de acción diluvial, y teníamos, en nuestras historias sagradas, el testimonio de un diluvio general. Sobre este doble testimonio fue que les dimos unidad a una vasta sucesión de fenómenos, de los cuales no comprendíamos perfectamente ninguno, y bajo el nombre de diluvio, los clasificamos todos juntos.
Buscar la luz de la verdad física mediante razonamientos de este tipo es, en el lenguaje de Bacon, buscar lo vivo entre los muertos, y siempre terminará en una inducción errónea. Sin embargo, nuestros errores fueron naturales, y de la misma clase que llevaron a muchos excelentes observadores de un siglo anterior a referir a toda la formación secundaria de la geología al diluvio noájico. Habiéndome yo mismo sido creyente y, según mi mejor capacidad, un propagador de lo que ahora considero una herejía filosófica, y habiendo sido citado más de una vez por opiniones que ahora no sostengo, creo correcto, como uno de mis últimos actos antes de dejar esta Cátedra, leer así públicamente mi retractación.
Debimos, en efecto, haber vacilado antes de adoptar primero la teoría diluvial y haber referido toda nuestra grava superficial antigua a la acción del diluvio mosaico....
(Sedgwick, 1831, pp. 312-314)
Esta declaración es excepcional no tanto porque muestra el valor de admitir públicamente un error importante (aunque tal valentía sea tanto admirable como tristemente rara), sino más por quién hizo la declaración, cuándo y por qué.
El orador era el reverendo Adam Sedgwick, profesor de Geología Woodwardian de la Universidad de Cambridge, y en el momento de su “recantación” presidente de la Sociedad Geológica de Londres. Era un geólogo muy respetado (y todavía es considerado por muchos como uno de los mayores geólogos de todos los tiempos), y hasta poco antes de ese discurso se le consideraba uno de los defensores más firmes del diluvio como evento principal en la historia de la tierra. Debe notarse que Sedgwick, después de esa declaración, confirmó su creencia en el diluvio de Noé como un acontecimiento histórico; no admitió que el diluvio no hubiera ocurrido, pero sí que no era un factor geológico significativo:
...¿negamos la realidad de un diluvio histórico? Rechazo totalmente tal inferencia. La verdad moral y la física pueden participar de una esencia común, pero en cuanto a nosotros, sus cimientos son independientes y no tienen un elemento común. Y en las narraciones de una gran catástrofe fatal, ... no hay una sola palabra que justifique el mirar a meros monumentos físicos como los registros inteligibles de ese evento...
(Sedgwick, 1831 p. 314)
Esto fue un cambio extraordinario para un hombre que solo unos años antes (en 1825) había estado defendiendo justo lo contrario:
...El registro sagrado nos dice -- que hace unos pocos miles de años las “fuentes del gran abismo” se rompieron -- y que la superficie de la tierra fue sumergida por el agua de un diluvio general; y las investigaciones de la geología demuestran que las acumulaciones de materia aluvial ... fueron precedidas por una gran catástrofe que ha dejado huellas de su operación en el detrito diluvial que está repartido por todas las capas del mundo.
Entre estas conclusiones, derivadas de fuentes totalmente independientes entre sí, existe, por tanto, una coincidencia general imposible de pasar por alto, e importancia de la cual sería más que irracional negar. La coincidencia no se ha asumido hipotéticamente sino que se ha demostrado legítimamente, por un inmenso número de observaciones directas realizadas con trabajo infatigable, y todas tendiendo al establecimiento de la misma verdad general.
(Sedgwick, 1825; citado en Hallam, 1989 p. 43)
Su retractación marca la campana fúnebre de esa hipótesis, aunque habría que esperar unos años más antes de que cesaran los convulsiones finales. Sin embargo, para 1840, ningún geólogo respetado continuó proponiendo que el diluvio era un factor mayor en la historia de la tierra.
El momento de esta declaración también es algo importante de notar, puesto que establece el contexto de su declaración respecto de otros conceptos importantes en la historia de la geología. Sedgwick dio su recantación en la reunión anual de la Sociedad Geológica de Londres, el 18 de febrero de 1831. Obviamente, esto es mucho antes del trabajo de Darwin; de hecho, pasarán otros diez meses antes de que parta al Beagle. El primer volumen de los Principios de geología de Lyell apenas llevaba unos meses publicado, y pasarán un par de años más antes de que William Whewell acuñara el término “uniformitarismo” para describir la filosofía subyacente de la obra de Lyell. El catastrofismo era la escuela dominante en 1831, y Sedgwick uno de sus decanos.
Los factores que determinaron el cambio de perspectiva de Sedgwick
son importantes, pero también lo son algunos factores que no desempeñaron
un papel importante en esta conversión. Trataré primero con esos
no-factores:
-Las opiniones científicas de Sedgwick no cambiaron porque sus
opiniones religiosas habían cambiado. De hecho, como demostré antes,
su aceptación religiosa, basada en la fe, del diluvio noájico no cambió
a pesar de su admisión de que no había evidencia física para el
diluvio. (Véase la cita anterior.)
-Sedgwick no cambió sus opiniones debido a la influencia del
uniformitarianismo de Lyell. Aunque Sedgwick había leído el volumen
uno para cuando se retractó, se oponía firmemente a gran parte del
trabajo de Lyell, incluido el núcleo uniformitarista. De hecho, dejó
esto suficientemente claro antes en ese mismo discurso, cuando revisó
los Principios.
-Sedgwick no cambió sus opiniones porque nuevos descubrimientos
hubieran hecho posible prescindir de la influencia divina como causa
de esos depósitos. La naturaleza de los depósitos se había aclarado, pero
no se habían sugerido nuevas causas. De hecho, pasarían varios años
antes de que Agassiz propusiera y popularizara la idea de la edad del
hielo, y varios más antes de que esa hipótesis fuera generalmente
aceptada.
¿Por qué, entonces, se desplazaron tan completamente las convicciones del reverendo? Sus supuestos y presupuestos no se movieron. Dios no fue encajado en un espacio menor por una nueva explicación de la evidencia que volviera innecesario un papel divino mayor. Tampoco ninguna de las otras condiciones no observables que Pagano afirma desempeña un papel tan importante en la eliminación de Dios de la ciencia. ¿Qué fue entonces tan crítico para convencer a un hombre de la sotana de dejar de usar el diluvio para explicar rasgos geológicos principales?
La respuesta es simple: la evidencia empírica. Porque las capas “diluviales” que habían sido citadas como evidencia de un diluvio global estaban compuestas de grava y otros sedimentos sueltos; eran más difíciles de investigar que la roca sedimentaria más antigua y consolidada. Sin embargo, después de mucho estudio, algunos geólogos habían sido capaces de mapear porciones del “diluvio” y demostrar de manera concluyente que eran el resultado de eventos distintos, claramente separados en el tiempo. Una vez que esto se estableció firmemente, a Sedgwick y a otros les quedó claro que, si los depósitos eran el resultado claro de una serie de eventos distintos, no podían haber sido el resultado de un único diluvio global. Por eso, como científico concienzudo, Sedgwick rechazó su hipótesis anterior.
La negativa de Sedgwick a una hipótesis contradicha por la evidencia empírica, pese a sus convicciones religiosas, es el acto del verdadero científico y contrasta de forma dramática con el ejemplo proporcionado por los creacionistas modernos de la Tierra joven actuales. El moderno YEC está en posesión de los mismos datos que Sedgwick -- así como de más de 150 años adicionales de investigación -- pero se niega a hacer la misma concesión que Sedgwick hizo, incluso frente a una evidencia más apabullante.
En cambio, el moderno YEC adopta una perspectiva única. En lugar de tratar al diluvio como una hipótesis que necesitaba ser puesta a prueba frente a la evidencia y sujeta a descarte si se la encontraba contradicha por la evidencia (como hizo Sedgwick), los YEC modernos declaran que el diluvio, su alcance y efectos son un HECHO definido e incuestionable, no sujeto a discusión. En lugar de modificar su visión de los eventos basándose en la evidencia empírica, insisten en que los hechos básicos de su historia son absolutamente verdaderos y que la evidencia debe interpretarse a la luz de ello. Esto, a su vez, conduce a un ciclo vicioso en su ciencia supuestamente científica, pues añaden modificaciones ad hoc sobre modificaciones ad hoc.
En lugar de seguir el consejo de Pagano y buscar las consecuencias empíricas del diluvio (en justicia a ellos, eso se ha hecho, como demostré antes), intentan crear explicaciones de la evidencia que no contradigan su versión asumida de los eventos, y luego explican las discrepancias en las consecuencias empíricas de esas explicaciones. Y así sucesivamente. Y así. (Esta publicación se ha extendido lo suficiente como para que me abstenga de publicar gran cantidad de ejemplos disponibles; pero puedo y lo haré si se solicita.)
La diferencia entre el YEC moderno y los primeros geólogos como Sedgwick es clara. Los primeros geólogos comenzaron asumiendo que el diluvio bíblico era un factor principal en la historia de la tierra. Cuando se demostró que la evidencia contradcía tal visión, la descartaron como hipótesis con distintos grados de reticencia y pasaron a vías más nuevas y prometedoras de investigación. Los YEC comienzan declarando que el diluvio bíblico fue definitivamente un factor mayor (si no EL) en la historia de la tierra, y que intentan explicar toda la evidencia de acuerdo con esta creencia. Las acciones de Sedgwick son un mérito para la ciencia, y su expresión de fe continuada en la historicidad de un diluvio global a pesar de la ahora reconocida falta de evidencia acredita su nivel personal de fe. El desgreñado desesperado de los YEC para hallar motivos por los que su fe no se vea amenazada por la evidencia no acredita a nadie.
Referencias:
Sedgwick, Adam. 1825. Annals of Philosophy, ns 10, 34. Citado en Hallam, A. 1989. Great Geological Controversies, 2.ª ed. Oxford U. Press. New York.
Sedgwick, Adam. 1831. Anniversary Address of the President, 1831. Proceedings of the Geological Society of London. v.1 p. 281 -- 316.
--Mike Dunford
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